Tanta palabrería solo para reconocer que me desconozco desde que te conozco, que tengo el pulso bajo el ombligo cuando me tocas, que mi piel roza tu piel porque me pone los pelos de punta.
Conocer de nuevo que tengo el miedo en las yemas de los dedos, la libertad perdida en algún aeropuerto; las ganas en tus manos y que quién era yo, a parte de ser tú único defecto.